Estaba yo ahí, con mi fiebre, mi aburrimiento y mis cosas, cuando fui a dar con el Show de los Teleñecos, por obra y magia de esto del tubo, y demás. Y cual no sería mi sorpresa al descubrir que gente como Peter Sellers, Johnny Cash, Julie Andrews, Harry Belafonte, John Cleese de los Monthy Python y hasta el mismísimo Vincent Price pasaron por allí. Y cómo flipé cuando vi lo que sigue, carajo.
Y me preguntaba yo dos cosas: la primera, dónde coño ha estado todo esto sin que yo me diera cuenta toda esta pila de años. Y la segunda, por qué cojones ya no se hacen programas infantiles como estos. Con la falta que nos hacen desde hace ya ni se sabe cuánto.
Tras unos días de ausencia por los típicos problemas técnicos, leo tu entrada sobre Poe y Lovecraft, y eso me recuerda la curiosa y extraordinaria serie de cortos, no profesionales por mucho que lo parezcan, que un grupo de aficionados a la obra del genio de Providence tiene colgados en el tubo a modo de falsos trailers.
Sin molestarse mucho en buscar, puede uno encontrarse con verdaderas joyas del “cine mudo”, como este dedicado a “En las Montañas de la Locura”, que es una delicia.
O este otro, que acojona bastante más, por esa maldita voz susurrante que no augura nada bueno. Será por eso que se titula “El Susurro en la Oscuridad”.
El tubo está lleno de muestras de este estilo. Lovecraft sigue fascinando a montones de seguidores más de setenta años después de la creación de sus relatos. Y de sus monstruos. Y es que él, en el fondo, sabía la verdad.
“Siempre existirá un número determinado de personas que tenga gran curiosidad por el desconocido espacio exterior, y un deseo ardiente por escapar de la morada-prisión de lo conocido y lo real, para deambular por las regiones encantadas llenas de aventuras y posibilidades infinitas a las que sólo los sueños pueden acercarse: las profundidades de los bosques añosos, la maravilla de fantásticas torres y las llameantes y asombrosas puestas de sol. Entre esta clase de personas apasionadas por los cuentos fantásticos se encuentran los grandes maestros -Poe, Dunsany, Arthur Machen, M. R. James, Algernon Blackwood, Walter de la Mare; verdaderos clásicos- e insignificantes aficionados, como yo mismo.”
Me alegra que hayas escogido la proverbial soberbia norteamericana para continuar con nuestras conversaciones. Para poner la de arena a tu cal, quería citar a dos escritores del nuevo mundo: Edgar Alan Poe y Howard Phillips Lovecraft, que armonizan perfectamente con estas fechas navideñas -si se entienden como Tim Burton lo hace, claro-. Los dos, con suerte funesta en vida, sólo fueron apreciados en toda su grandeza una vez muertos.
Del primero, del maestro, los versos iniciales de "El cuervo" (1845): Una oscura medianoche, mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido, inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia, cabeceando, casi dormido, oyóse de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran, tocaran a la puerta de mi cuarto. “Es —dije musitando— un visitante tocando quedo a la puerta de mi cuarto. Eso es todo, y nada más.”
Qué hermoso pasatiempo para un oscuro y frío diciembre, meditar sobre libros de sabiduría oculta...
Del segundo, el alumno aventajado, más libros polvorientos de oscuros saberes y seres que se ocultan a la vista. De "Hongos de Yuggoth" (1929):
I. El libro
El lugar era oscuro y polvoriento, un rincón perdido En un laberinto de viejas callejuelas junto a los muelles, Que olían a cosas extrañas traídas de ultramar, Entre curiosos jirones de niebla que el viento del Oeste dispersaba. Unos cristales romboidales, velados por el humo y la escarcha, Dejaban apenas ver los montones de libros, como árboles retorcidos Pudriéndose del suelo al techo... ventisqueros De un saber antiguo que se desmoronaba a precio de saldo.
Entré, hechizado, y de un montón cubierto de telarañas Cogí el volumen más a mano y lo hojeé al azar, Temblando al leer raras palabras que parecían guardar Algún secreto, monstruoso para quien lo descubriera. Después, buscando algún viejo vendedor taimado, Sólo encontré el eco de una risa.
Habrá que tener cuidado estas Navidades con los regalos inesperados, ya que pueden contener más sorpresas de las aparentes.
He aquí una muestra (real, escalofriante) de lo absolutamente idiotas que podemos llegar a ser como especie dominante de la Tierra. El diálogo, entablado en 1985 entre un buque de la Armada de los Estados Unidos y autoridades costeras canadienses de Terranova, fue reproducido por el diario británico The Times el 3 de septiembre de 1986, y fue como sigue:
NORTEAMERICANOS: Por favor, cambien su curso 15 grados al norte a fin de evitar colisión.
CANADIENSES: Recomendamos que usted cambien su curso 15 grados al sur a fin de evitar la colisión.
NORTEAMERICANOS: Les habla el capitán de un buque de la Armada de Estados Unidos. Repito: cambien su curso.
CANADIENSES: No, repetimos: ustedes deben cambiar su curso.
NORTEAMERICANOS: Éste es el portaaviones Abraham Lincoln. El segundo buque en tamaño de los Estados Unidos de América en el Atlántico. Nos acompañan tres destructores, tres cruceros y numerosos buques de apoyo. Exijo que usted cambie su curso 15 grados al norte, o tomaremos medidas para garantizar la seguridad de este buque.
Mayo de 1977. Según cuenta la leyenda, dos hombres se reúnen en una playa de Hawai para alejarse del mundanal ruido mientras hablan de lo divino, lo mundano y, sobre todo, de cine. El primero, de 33 años y nombre George Lucas, empezaba a degustar las mieles del éxito gracias a su “Star Wars”. El segundo, de 31 años y nombre Steven Spielberg, había reventado la taquilla veraniega dos años antes con “Tiburón”, su segundo largo, y en aquel momento revalidaba su título de director taquillero con el estreno de “Encuentros en la Tercera Fase”. De aquella reunión más o menos informal surgiría un proyecto común que estaba llamado a revolucionar el cine de aventuras de los últimos treinta años: la saga de Indiana Jones.
A finales de 1979, Spielberg y Lucas habían firmado un acuerdo con la Paramount que incluía cuatro millones de dólares para Lucas como productor y creador, un millón para Sipelberg como director y un porcentaje de la taquilla para ambos desde el momento en que empezase a haber ingresos. Cuando Michael Eisner, director de la Paramount, decidió aceptar la propuesta, hubo quien afirmó que el cambio sería tan decisivo para la industria cinematográfica como lo fue el paso del mudo al sonoro. El tiempo no hizo si no darles la razón a esas voces. Para rentabilizar el acuerdo, Paramount exigió poder contar con una trilogía de películas. El resto, como suele decirse, es historia.